Una rave no es una danza de derviches, pero podría simbolizar toda una mística del descubrimiento espiritual en una película de Oliver Laxe en la que todo se esconde detrás de las apariencias. Los colgados antisistema, desheredados circenses y mutilados por la sociedad, conforman un lugar seguro que son capaces de crear en el círculo alrededor para proteger al protagonista de su fatídico destino. Después de haber desconfiado mucho, como buenos acomodados pequeñoburgueses, simpatizamos con ellos, con su estética, con su extraña forma de vida.
El paisaje de la frontera entre Marruecos y Mauritania es un terreno desértico y árido: la Tierra de Nadie, un área desmilitarizada de dunas de arena. El fin del mundo comienza allí, aunque ya comenzó hace mucho tiempo en muchos otros lugares. No está tan lejos.
La vida y la muerte están separadas por una delgada hebra de cabello. ¿Cómo transitar por esa peligrosa trampa letal sin quedar agazapado por el miedo? Confiando, con los ojos cerrados. Los que sobrevivieron a la revelación más atroz viajan juntos, desprovistos de todo, en un silencio en el que solo se escucha el traqueteo de una máquina, de regreso a la civilización.
Sirat (Oliver Laxe, 2025) nos sobrecoge con una historia tan veraz como el insondable misterio de la vida misma. Sin embargo, después de transitar por ese estrecho puente por encima del infierno, nos deja un fino camino abierto a la esperanza.

