"La estrategia del engaño", de @mariam.vte (@letrameeditorial, 2025)
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"La estrategia del engaño", de @mariam.vte (@letrameeditorial, 2025)
RESEÑALa reina blanca del blues - Mireia Corachán (Olé Libros, 2025)
Cuando lees el libro de una persona conocida, no puedes evitar escuchar su voz en tu cabeza, como si la autora te estuviese leyendo en voz alta su propio libro.
Así lo cuenta Lucía Emmanuel @luzagranel al hablar de la sensación que tiene al leer a sus amigas: "Leer a una amiga es conocerla en toda su fuerza y su vulnerabilidad".Siempre quise leer a Alice Munro, conocida como "la Chéjov canadiense", autora de catorce volúmenes de relatos, varias antologías y una novela. Mientras me decidía a hacerlo, la autora recibió el Premio Nobel de Literatura en 2013. Desde entonces, se reeditaron muchos de sus libros en castellano. Yo quería leerla en inglés. Mientras me decidía a hacerlo, la hija menor de la autora la acusó de encubrir los abusos de su segundo marido hacia ella. Yo quería leerla en inglés y que no me afectase en la lectura lo que sabía sobre ella como mujer, que no era mucho, pero sí grave.
Entonces, encontré en la biblioteca pública, hace unas semanas, un volumen de Selected Stories (1968-1994) publicado por la editorial Vintage UK en 2015. Como tenía 700 páginas, elegí para comenzar un relato al azar: “Postcard”. Una mujer recibe una postal con noticias de un antiguo amante; se trata de un amigo de su madre, doce años mayor que la chica. El tal Clarence mantiene relaciones con la chica a sabiendas de la madre, para luego anunciar que se casa con otra. Me pareció muy cruel burlar así a la joven, que no estaba enamorada de ese hombre, pero que había consentido en darle algo muy íntimo. Me pareció ambigua la relación de las dos, la madre y la hija, con ese amigo mutuo. No sé, no me dejó buen sabor de boca.
El segundo relato que leí se llamaba “Wild Swans” y era muy fuerte también: una mujer llamada Rose se sube a un tren donde un supuesto ministro de la iglesia le mete mano por debajo del periódico mientras a ella parece no importarle, experimentando algo parecido a un orgasmo por todo lo alto como un cisne salvaje que echa a volar en una experiencia extraña con alguien a quien no volverá a ver nunca más en su vida.
Eso era la desgracia, eso era la miseria humana. Qué tiene de malo, nos decimos en momentos así, qué tiene de malo saciar nuestros apetitos, cuanto más bajos mejor, llevados por la fría ola de la sordidez, del abandono. La mano de un extraño, o las hortalizas, o los humildes utensilios de cocina sobre los que se cuentan chistes; el mundo desborda de objetos con apariencia inocente listos para ofrecerse, traicioneros y serviciales. Rose procuró controlar la respiración. No se lo podía creer. Víctima y cómplice, …
A esas alturas, yo ya estaba bastante escamada. Esta mujer escribe sobre sexualidad femenina de forma un tanto sórdida. ¡Qué casualidad y qué mala pata aquel incidente que tuvo con la más pequeña de sus tres hijas!
Así que elegí un tercer relato, también al azar, para dar otra oportunidad y saber qué pensar de todo esto, para decidir si Munro me había decepcionado como mujer, porque como escritora estaba claro que no lo había hecho en absoluto. Todo lo contrario. Todavía me quedaba pendiente de resolver ese sabor agridulce del retrato que me daba la sensación hacía de las mujeres.
Y me fui a un relato cuyo título me gusta mucho “Something I've been meaning to tell you” y que se tradujo como “Algo que quería contarte”. El título es muy sugerente. El relato trata sobre los secretos que se guardan. Es la historia de dos hermanas; Et y Char, y la compleja relación que se da entre ellas, sobre todo desde la muerte temprana del hermano más pequeño de ambas. Al final, parece una narración escabrosa en la que una de las hermanas, Et, la fea, le quita el marido a la que es más atractiva, Char. Al final, no sabes ni qué pensar de esas mujeres que parecen estar compitiendo por la atención masculina.
Llegado a ese punto, pues me empiezo a enfadar, porque se me queda el cuerpo un tanto revuelto. Sobre todo cuando Alice Munro, ante la denuncia de su propia hija y al haberse decantado por su segundo marido, escribió una carta donde decía que veía a su hija como una rival sexual, no como una víctima de abusos sexuales.
Y en algún lugar alguien dice que “nuestra horrorizada repulsión colectiva hacia Munro proviene de la pesadilla de confrontar a nuestro peor yo” y que “eso forma parte del placer de la ficción gótica: entregarse a narraciones imaginarias depravadas ancladas en un amor obsesivo.”
Al final, me relajo un poco, Munro escribe sobre lo que mejor conoce, y es que la autora, pienso, bien podría haber sido otra más de esos extraños personajes femeninos que retrata.
Alice Munro se casó en 1951. Tenía veinte años. El regalo de cumpleaños de su primer marido fue una máquina de escribir con la que comenzó con sus relatos. Era un ama de casa que escribía con una pluma privilegiada, ¡menudo talento tenía esta mamá escritora! A los 26 años ya tenía dos hijas: Sheila, nacida en 1953, Catherine, que falleció el mismo día de su nacimiento en 1955, y Jenny, nacida en 1957. Nueve años después, tuvo otra hija, Andrea, en 1966. Ese mismo año, la escritora lo recordó como el principio del fin de su primer matrimonio.
En 1976, Munro se casó con otro hombre, al que definió como el verdadero amor de su vida. Ese mismo año, este segundo marido agredió sexualmente a su hija más pequeña. Dieciséis años más tarde, cuando la escritora conoció los abusos, abandonó a su segundo marido, pero no para consolar a su hija Andrea. Alice se sintió humillada y traicionada personalmente, e hizo que toda la familia estuviese pendiente de ella. Este hombre acusó a la hija de Alice de seducirlo y luego convenció a la propia Alice para que regresara con él. Después vino la conspiración del silencio.
Andrea Robin Skinner, la hija más pequeña de Alice Munro, publicó un testimonio desgarrador en un periódico canadiense el pasado mes de julio de 2024, cuando habían pasado dos meses después de la muerte de su madre en mayo de ese mismo año.
En fin, esto no es ficción, ¡ojalá lo fuera porque es bastante perturbador! Nos toca enfrentarnos al monstruo de la realidad.
Un munro es una montaña escocesa con una altura por encima de los novecientos metros. Reciben ese nombre por Sir Hugh Munro (1856-1919), quien elaboró la primera compilación de un catálogo de estas colinas, conocido como las Munro's Tables (las tablas de Munro), en 1891.
Munro destaca en la lejanía como una de esas colinas, una extraordinaria escritora de relatos cortos, referente imprescindible de lo que se puede llamar el gótico del sur de Ontario, con personajes femeninos intrigantes y precursora, junto a Eudora Welty o Jean Rhys, de un universo femenino en el que lo que se reivindica es la libertad personal de las mujeres a la hora de afrontar sus propias vidas. Debajo de esa primera capa de tristeza y soledad, el lector comienza a entrever un mundo interior lleno de matices, como el de la propia vida de Alice Munro.
El gótico, ese género que tiene como autoras destacadas a brillantes escritoras como las hermanas Brönte, Daphne du Maurier, Anne Radcliffe o Mary Shelley, es el paisaje de fondo en el que se inscribe la vida y obra de Munro. Aparecen secretos familiares que acaban en tragedias, infancias erotizadas, o madres muertas que se convierten en fantasmas.
¡Qué bien escribe Alice Munro, qué bien casan sus relatos con su propia vida y qué desasosiego produce pensarlo!
Encontré un librito de Simone Weil en la biblioteca pública que me traje en préstamo a casa y me está acompañando estos días extraños en los que ha estallado otra guerra. Se titula La gravedad y la gracia, una antología de ensayos, descritos en la solapa como “textos desnudos y carentes de ardides”, que la autora, bastante desconocida y sin embargo una de las mayores pensadoras del amor y la desgracia del siglo XX, iba anotando en sus Cahiers y que fueron publicados póstumamente en 1949.
Simone falleció a los treinta y cuatro años el 24 de agosto de 1943. Nacida en París, de origen judío, ejerció como profesora de filosofía. No militó en partido político alguno. Su pensamiento gira en torno a la miseria humana, la compasión, la desgracia y la fuerza / la gravedad y la gracia, como dos factores inseparables en el devenir humano (toda desgracia del hombre no es sino el efecto del despliegue de una fuerza). Nunca abandonó el compromiso político con la izquierda, los movimientos pacifistas, las organizaciones obreras y la lucha por los derechos humanos. “Cada etapa de la historia humana – decía la filósofa – ha asistido a la dominación de los que saben manejar las palabras sobre los que saben manejar las cosas”.
No tengo costumbre de leer textos filosóficos. Sin embargo, he de decir que este libro, publicado en España en 1994, me ha hecho pensar y repensar lo que no está escrito. Deberíamos leer mucha filosofía. Deberíamos intentar entender a Simone Weil porque su pensamiento es muy contemporáneo. Y no voy a hablar de las reflexiones que hace del mal, el desapego, aceptar el vacío, la desgracia, la violencia, lo imposible, el azar, el ateísmo purificador... He decidido transcribir partes del texto breve que tiene por título ISRAEL porque me han impresionado por su tremenda cercanía. Les sigo dando vueltas.
“La cristiandad se volvió totalitaria, conquistadora, exterminadora... concibió la Providencia a la manera del Antiguo Testamento. Sólo Israel podía resistir a Roma porque era el único que se le parecía, de modo que el naciente cristianismo llevaba la mácula romana ya antes de ser la religión oficial del Imperio.
Dios hizo algunas promesas puramente temporales a Moisés y a Josué en una época en que Egipto se había encaminado hacia la salvación eterna del alma. Con su rechazo de la revelación egipcia, los hebreos tuvieron el Dios que se merecían: un Dios carnal y colectivo que hasta el exilio no le habló al alma de nadie (a no ser tal vez en los Salmos)... De todos los personajes del Antiguo Testamento, sólo Abel, Enoc, Noé, Melquisedec, Job y Daniel son puros. No es de extrañar que un pueblo de esclavos fugitivos, conquistadores de una tierra paradisíaca, acondicionada por laboriosas colonizaciones en las que no habían participado en absoluto, y a las que destruyeron mediante matanzas... No es de extrañar que haya tanto daño en una civilización – la nuestra – viciada en su base y hasta en su inspiración por esa tremenda mentira. La maldición de Israel pesa sobre la cristiandad. Las atrocidades, la Inquisición, las exterminaciones de herejes y de infieles, eran Israel. El capitalismo era Israel ( y lo sigue siendo en cierta medida...) El totalitarismo es Israel, y especialmente lo es en el caso de sus peores enemigos.
No puede haber contacto personal entre el hombre y Dios si no es a través de la persona del Mediador. Fuera del Mediador, la presencia de Dios en el hombre no puede ser sino colectiva, nacional. Israel escogió al Dios nacional al tiempo que rechazaba al Mediador; puede que en ocasiones tendiera hacia el verdadero monoteísmo, pero siempre volvía a caer, y no podía evitarlo, en el Dios tribal.
…
Israel puedo resistírsele a Roma porque su Dios, aunque inmaterial, era un soberano temporal que se hallaba a la altura del Emperador, y gracias a eso pudo nacer el cristianismo.
…
Los judíos, ese puñado de desarraigados, provocaron el desarraigo de todo el globo terráqueo. Su papel en el cristianismo ha hecho de la cristiandad algo desarraigado en relación con su propio pasado. La tentativa de reimplantación en el Renacimiento fracasó porque tenía una orientación anticristiana. La tendencia de las Luces de 1789, del laicismo, etc., aumentaron enormemente el desarraigo mediante la mentira del progreso. Y la Europa desarraigada desarraigó al resto del mundo mediante la conquista colonial. El capitalismo y el totalitarismo forman parte de este proceso de avance en el desarraigo. Antes que ellos, Asiria en Oriente y Roma en Occidente ya habían desarraigado por la espada.
El cristianismo primitivo fabricó el veneno de la noción de progreso con la idea de la pedagogía divina que forma a los hombre con el fin de hacerlos aptos para recibir el mensaje de Cristo. Esto concordaba con la esperanza de la conversión universal de las naciones y del fin del mundo como fenómenos inminentes. Pero como ninguno de los dos se produjo, diecisiete siglos después de la prolongación de dicha noción de progreso, rebasó el momento de la Revelación cristiana. Y desde entonces iba a volverse contra el cristianismo. El resto de los venenos integrados en la verdad del cristianismo son de origen judío. Este en concreto es específicamente cristiano.
La metáfora de la pedagogía divina disuelve el destino individual, que sólo cuenta para la salvación, dentro del destino de los pueblos.
El cristianismo pretendió hallar una armonía en la historia. Ese es el germen de Hegel y de Marx. La noción de historia como continuidad dirigida es cristiana.
Creo que existen pocas ideas más completamente fallidas que esa. Buscar la armonía en el devenir, en lo que es contrario a la eternidad. Mala unión de contrarios.
El humanismo y lo que del mismo se desprende no es un regreso a la antigüedad, sino un desarrollo de venenos anteriores al cristianismo.
El amor sobrenatural sí es libre. Cuando se le quiere forzar, se le acaba sustituyendo por un amor natural. Pero, a la inversa, la libertad sin amor sobrenatural, como la de 1789, es una libertad completamente vacía, una mera abstracción, sin posibilidad ninguna de ser real alguna vez.”
Simone Weil, con su visión descarnada del judaísmo (“He endurecido su corazón para que no entiendan mi palabra”, Isaías 6, 9-10) y su apuesta por ese amor sobrenatural que sigue presente en sus ensayos, hoy estaría de pie, vistiendo el mono azul de miliciana junto a la Columna Durruti, protegiendo en su marcha a un grupo de niños y niñas judíos y palestinos.
*Simone Weil se alistó en la Columna Durruti y cruzó el Ebro con sus compañeros en agosto de 1936
Escribo hoy sobre tres mujeres con las que me he topado esta semana y que me han dejado secuelas por su gran personalidad: Leila Slimani, Susan Sontag y Gertrude Atherton. El hecho de no poder optar por ninguna de ellas en particular, me ha llevado a pensar en un adjetivo que las caracterizase a las tres, habiendo escogido finalmente el de “poliédricas”. Sus biografías, los retazos de sus vidas y la variedad de registro de sus obras, ofrecen tantos prismas como el estilo y porte singular que las caracteriza. Son intelectuales de tomo y lomo, mentes rebeldes, de enorme potencia y elegancia máxima en blanco y negro sin necesidad de autoproclama.
Canción dulce (Chanson douce, 2016) es un relato espantoso escrito con una exquisitez y limpieza de estilo extraordinarios. La segunda novela de Leila Slimani (Rabat, 1981) narra la perturbadora historia del brutal asesinato cometido por Louise, una niñera junto a la que diseccionamos París con un bisturí, asistiendo estremecidos al horrendo espectáculo de una sociedad clasista y decadente, en línea con el recuerdo que tenemos de Víctor Hugo, ese París que nos sigue atrayendo tanto.
A propósito de Susan Sontag (Regarding Susan Sontag, 2014) es un documental de Nancy Kates que pude ver a través de la plataforma Filmin y que me parece de gran valor. Poder conocer un poco más a este importante icono de su generación a través de imágenes y testimonios te deja entender el temperamento apasionado y la gran sensibilidad de Susan Sontag (1933-2004), una mujer a la que no le hubiera importado seguir viviendo intensamente hasta cumplir cien años.
Por no plantear la lectura de un relato de Edgar Allan Poe para la jornada lectiva de Halloween, estuve indagando en un listado de los diez relatos de terror más impresionantes de todos los tiempos. Destacaba la historia The Striding Place (1896) de la autora estadounidense Gertrude Atherton (1857-1948). Ahora estoy aterrorizada de pensar en la pelea de los alumn@s con el texto, que espero aprendan a aligerar con alguna fórmula, y preparando ideas al respecto descubro que esta señora fue educada por su abuelo materno, pariente de Benjamín Franklin, que se encargó de su educación al separarse sus padres cuando ella tenía dos años. El abuelo le insistió en que leyera mucho y bien, y está claro que le influyó mucho y muy bien. ¡Olé por esos abuelos!.
Y con estas tres mentes de cristales geométricos repletas de infinitas lecturas tengo el gozo de finalizar octubre, con el estímulo inenarrable de haber coincidido con ellas.
El monasterio de San Salvador de Celanova en Orense funcionó como prisión franquista desde 1936 hasta 1943. Las cárceles franquistas fueron campos de concentración, lugares de mucho sufrimiento. La guerra lo engulló todo y desde 1936 nació lo que se llamaba la prisión “habilitada”: castillos, cuarteles, ayuntamientos, conventos, monasterios, cines, fábricas, colegios, plazas de toros y campos de fútbol se convirtieron en una improvisada red de centros de detención donde se albergaban enormes contingentes de presos y detenidos.
Si conseguías salvar la vida, lo que quedaba por delante eran condiciones de vida muy precarias. En un inventario realizado en octubre de 1938 en la prisión de Celanova, para una población en torno a 1200 presos, el material se reducía a 135 platos y 50 cucharas, 276 fundas de almohada y 478 mantas. La enfermería no contaba con ningún tipo de instrumental médico. En diciembre de 1939 una comunidad de religiosas comenzó a encargarse de los servicios de cocina, enfermería y lavandería.
En su mayor parte, 870 de los 1.252 presos que hubo en 1938 eran originarios de Asturias. El espectro de edades era muy amplio: desde aquellos que ni siquiera habían alcanzado la mayoría de edad legal hasta septuagenarios. Sin embargo, el núcleo más importante tenía entre 20 y 39 años (789 presos) y el estado civil del 59% de presos era casados.
La escritora Concha López Sarasúa nació en Mieres. Marchó de allí a Madrid cuando tenía 15 años. Durante las vacaciones de Navidad de 1942 acompañó a su güela en un viaje que solían hacer las mujeres para poder estar cerca de los presos, aunque ni siquiera pudiesen verlos todo lo que deseaban. “¿Dónde pararás esta vez? -En casa de Tita la de Mondoñedo, como siempre” Esperaban los indultos. Las mujeres se hospedaban en cualquier casa con derecho a cocina y allí, unas a otras se daban apoyo. La güela Jesusa tiene preso a su hijo Paco en la cárcel de Celanova (Ourense), Cesárea a su hermano. Carmiña es la novia de Paco y le advierte a Chita, la niña absoluta protagonista de esta novela, que no sea “cachifa” (traviesa) porque así sor Inés, que está en la enfermería de la prisión, quizá la deje entrar. Y Chita, esa niña curiosa e inquieta, nos va llevando por el lenguaje, los presos, las mujeres, el estraperlo, los relatos, las risas, las supersticiones, salpicados de expresiones en bable. El lenguaje de la novela es lo mejor, dibuja perfectamente a los personajes dándoles veracidad y auténtica cercanía.
No me explico cómo, después de tantos años, la autora conservó intacta la mirada de su infancia consiguiendo que su visión de adulta no contaminara el texto. No me explico cómo, detrás de toda la tristeza y el dolor de esa experiencia de las cárceles, dota al texto de ternura, costumbrismo rural y comicidad. Eso es lo que llaman rescatar del olvido, esa es la auténtica magia de la escritura.
En la contraportada del libro, Concha sonríe vistiendo una camisa blanca junto a una máquina de escribir con la que escribiría las páginas de su novela. Se ha quitado las gafas para mirar a la cámara. Puedo leer sobre las cárceles franquistas datos y datos. Pero la escritora ha puesto alma a todos esos personajes, les ha dado vida. Y ese es el don secreto de la literatura. Yo, sin conocerla, le doy las gracias a su hija porque insistió en que tenía que leer “la novela de mamá” y así me dejó compartir ese trozo de la infancia de Concha, su madre, y eso me parece extraordinario.
López Sarasúa, C. (1993). Celanova 42: La España rural de la posguerra.
Teijeiro, D. R. (1995). La prisión del Monasterio de Celanova, 1936-1943. Un análisis de la población reclusa. Minius, (4), 103-115.
“Hoy por fin soplo con todas mis fuerzas para apagar la llama de la soledad” (p. 164)
La imagen de la portada del libro es la silueta de una estilizada figura femenina con un moño bajo que me recuerda a una fallera viendo el Hemisfèric, que parece arder a lo lejos como una falla. El fuego está también presente en la imagen de una hoguera en la contraportada. El ritual del fuego en València, la ciudad de la luz por excelencia a orillas del Mediterráneo, representa la oportunidad de cambio, la renovación. La escritora Avelina Chinchilla sitúa a su protagonista, Sandra Rojas, escritora como ella a pesar de no ser exactamente un alter ego como nos confesó ayer en la presentación de la novela, en el escenario de su ciudad natal con una naturalidad que el lector/a siente no podía ser de otra manera. Las dos: Avelina, escritora y Sandra, protagonista/escritora, pertenecen a ese mundo, se han criado allí. Por eso conocen muy de cerca aspectos que vertebran la identidad de esa ciudad y que enmarcan las referencias temporales clave en la historia: el desafortunado accidente de metro, que tuvo lugar en julio de 2006, y el fenómeno de la corrupción de los cargos políticos y las instituciones, que alcanzó su punto álgido en 2016.
La novela La llama de la soledad, editada por Rubric (2021) es una historia de superación de traumas pasados. Nos habla de la necesidad de reconciliarnos con nosotros mismos además de con la familia y con el entorno más cercano, después de un ejercicio de introspección, de búsqueda interior de los errores cometidos que han ido dejando heridas (“Me sentía vacía por dentro”, página 33) y que han abocado a moldear una personalidad difícil y la forma en que todo este peso con el que carga hace que perciba la existencia.
En la presentación de la obra en la Biblioteca Pública de Sant Joan d'Alacant ayer viernes 21 de enero de 2022, Esther Donate, concejala de cultura, seleccionó y leyó en voz alta uno de los momentos más importantes de la novela, que me parece relevante rememorar:
“¿Pero sabes qué pasa cuando tocas fondo?Que el suelo es algo sólido. En realidad, muy sólido y no te permite caer más abajo por mucho que ese sea tu deseo. El suelo, aunque sea el de la cripta más profunda que te puedas imaginar, constituye un apoyo firme sobre el que volver a ponerte en pie. Eso es lo que me ocurrió una mañana en la que por primera vez después de mucho tiempo me atreví a mirarme desnuda en el espejo. Me enfrenté por fin a la imagen de la que llevaba huyendo toda mi vida. No fue fácil. Nada se interponía entre nosotras y fui capaz de vislumbrar la ruina física en la que me había convertido. […]...Me metí en la ducha y mis lágrimas se mezclaron con el agua. Me salieron todas las que había retenido a lo largo de mi vida. Lloré con todas mis fuerzas para dejar atrás la pérdida de papá, la de Elena, la ruptura con Carlos, la muerte de Ricky y no sé cuántos malos momentos más que tenía atravesados en medio del alma y que no me dejaban respirar [...]Dejé que arrastrara todo lo malo que había en mí, hasta sentirme pura, con una lucidez que no recordaba haber sentido jamás. Cuando un frío glacial me hizo volver en mí, sentí que una nueva Sandra, más valiente, más noble y más capaz, había renacido en mí y supe que podría superar todas las dificultades que tenía por delante.” (págs. 160-161)
“Sabes que yo me hice escritora por Carmen, quiero decir por Carmen Martín Gaite” (p. 163) Y como Carmen, Avelina escribe con un estilo cercano de corte realista en una prosa sencilla y precisa, donde existen saltos temporales, flash-backs, hacia el pasado. Asimismo, en esta obra es clave el uso que hace con gran acierto del monólogo interior para hacer disgresiones. La escritora Sandra Rojas, protagonista de La llama de la soledad, habla con su madre, que está ingresada en la UCI, entablando un supuesto diálogo que no es sino la conversación que le hubiera gustado mantener con ella en la que se sincera consigo misma, confrontando así todas las dudas e incertidumbres que tiene con respecto a su vida. Como médica jubilada, Avelina Chinchilla conoce muy de cerca el paso de los pacientes por los hospitales. Recuerdo muy bien un impactante relato suyo titulado “Cautiva” (2018), que se desarrolla también en un hospital.
Avelina Chinchilla es una escritora muy familiar, de valores tan sólidos como su prosa, que reivindica desde su actividad literaria la presencia de autoras y personajes femeninos en sus textos. Como le dice Sandra a su madre tras salir del hospital: “Has luchado como una jabata” (pág. 165) Gracias, Avelina, por regalarnos a un personaje femenino como Sandra Rojas, que lejos de ser pusilánime, ha demostrado tener mucho coraje, y del que nos quedamos con una sensación de conocerla como si la tuviésemos delante de nosotras, con todas sus debilidades y fortalezas, para recordarnos que es posible sostener y reparar el pasado. Seguiremos de cerca a la autora disfrutando con sus textos.
La llama de la soledad (avelinachinchilla.com) puede adquirirse en La Casa del Libro y el Corte Inglés.
Al contrario que Ulises, quien desembarcó en Ítaca disfrazado de mendigo para después recuperar su trono de rey, yo arribé a mi Ítaca sintiéndome reina (al menos de mí misma) y acabé convertida en una patética mendiga. (p. 231, Jacqueline Cruz, Todas las Islas la Isla. Circulo Rojo: 2021)
El ostracismo en la Antigua Grecia era el destierro al que se condenaba a los ciudadanos que no se consideraban aptos para la soberanía popular. Este destierro, que podía ser por un periodo de diez años o bien permanente, era un terrible castigo.
Nad(i)a, la protagonista de la novela Todas las Islas la Isla de Jacqueline Cruz, vive la des(a)ventura del exilio y como absoluta heroína de la historia (héroa errante salvada de cien naufragios p. 21) se convierte en símbolo de sentimientos humanos universales en momentos adversos de nuestra existencia.
Las islas evocan lugares paradisíacos separados del mundo. La Isla es el “finis terrae”, el final de la tierra firme. A las islas no se llega fácilmente, sino que es necesario un peligroso viaje y, con él, una iniciación. El tierno y a la vez brutal relato de Nad(i)a es el de una persona que va cayendo y repiensa el tema del exilio (ese absurdo aislamiento voluntario en su caso) con todas sus interrogantes. Ella es una auténtica Hikikomori, autorecluida en una interminable espiral descendente tras lo que considera ha sido una derrota detrás de otra en su vida. Estamos ante un viaje orfeico a los infiernos en el que la Isla se convierte en el doloroso espejo de la desolación interior de la protagonista. Afortunadamente, el viaje culmina con el retorno a Tierra Firme y entonces sentimos, como los peces cuando suben a la superficie, una bocanada de oxígeno que nos repone emocionalmente.
Estamos ante una novela con una riqueza lingüística extraordinaria que se mueve en registros extremos de formalidad (abundancia de citas) e informalidad. Desde la creatividad y el juego exploratorio de la vis cómica que proporciona el lenguaje hasta la transgresión de la forma, la lectura es pura (re)creación y desafío. Son innumerables los vocablos que se inventa la protagonista, todos ellos ingeniosos y a veces delirantes e hilarantes: el Bion, aparato v(i)olador para referirse al avión, alopior es cierto, besObeso, al vesre, la ordalía de buRRocracia, Ando entre psaa y puag, la absurdidez, y porsupós, Nochemala, el inv(f)ierno, valga la rebuznancia, no te eXtreXes demasiado, miles de sorries, besotriste, mi pluriempleo deXquiciante, una conspiración de Murphies vengadores, vive-la-berza... y así podría continuar durante diez o doce líneas más. Conozco a muy contadas personas con esa capacidad de jugar con el lenguaje como si fuese plastilina, con el poder de acuñar términos propios rabiosamente expresivos: mi madre habla del cronovirus y las perres por más que haya escuchado la palabra correcta una y mil veces, y esa parte lúdica, creativa y personal del lenguaje es realmente maravillosa.
En cuanto a la forma, la innovación se produce a distintos niveles: la correspondencia epistolar por correo electrónico donde introduce el recurso de tachar líneas enteras de texto y de esa forma hacer que nos interesemos (al menos en mi caso) casi más por lo que quiere decir pero no dice, o bien contrastemos en qué se queda lo que quería decir y dijo en un ejercicio también divertido para el lector/a. Asimismo, la autora innova con el lenguaje inclusivo optando por utilizar indistintamente masculinos o femeninos genéricos, recurso que supone una relación activa y juguetona de los lectoras con el lenguaje en el texto.
El momento de epifanía para Nad(i)a se produce después de un mes de desconexión, en un escenario distinto, tras estar muchas horas contemplando el mar y se relata en forma de guión cinematográfico, de forma que las imágenes ayudan a rememorar la experiencia con más vividez, recurso que es resulta ciertamente novedoso.
La novela supone un homenaje a los autores de la vanguardia canaria que la doctora Cruz, que tiene una reconocida trayectoria académica e investigadora, conoce muy de cerca: su tesis se publicó como libro. Sus numerosos artículos, colaboraciones y traducciones, publicadas tanto en inglés como en español, están accesibles desde Google Académico.
Con objeto de romper con el canon masculino, me gustaría mencionar a la poeta canaria Alba Sabina Pérez. Creo que el comienzo de su poema Manual de autoayuda puede ayudar a hacernos sentir más fuertes.
MANUAL DE AUTOAYUDA
Espero a que sean las docepara que abran el bary lamentar allísin atropellos, sin excusas,que los últimos días de mi vidaestán siendo felices.
Me hablo a mí misma:Cálmate y bebe agua,sal de ti y deja de mirarte,entiende tus presagios,aprende a pasearsin contagiarte del color del suelo,haz las tareas,habla con propiedad,exígete desobedecerte,y que se te cuenteque has llegado aquíy este lugar es una guerrapero tambiénun trazo de tiza en el mar. [...]
Felicitar a Jacqueline Cruz por su admirable ejercicio personal y literario que no nos deja impasibles y desearle muchos (pre)teXtos para que nos siga deleitando con sus teXtos.
Hace tiempo que no leía un libro de relatos de un tirón disfrutando tanto como me ha ocurrido con Mensaje en un jersey de rayas, de la autora alicantina Bego Torregrosa, publicado por la editorial madrileña Adeshoras. No me extraña que la autora dirija una Escuela de escritura creativa en Alicante, porque está claro que sabe fabular como nadie. Sus relatos se sustentan en historias muy bien construidas donde los personajes no tienen en ocasiones nombre porque ni lo necesitan: las historias son lo que permanece, enredadas en la imaginación durante mucho tiempo después de haberlas leído, y eso es lo que de verdad cuenta.
Los relatos que aparecen en este libro parten del necesario puente entre el mundo interno de los pensamientos y sentimientos de los protagonistas, por un lado, y el mundo de las acciones y las situaciones que viven, por otro. De esta forma, constituyen para el lector un momento de búsqueda donde queda el espacio necesario para poder construir posibles significados, como la buena narrativa.
A veces pienso en nuestra existencia como pájaros en una jaula cuya puerta está entornada. Ante nuestra terrible desesperación, no vemos ninguna posible salida. Suponemos que el pájaro buscará, por naturaleza, los espacios abiertos. Sin embargo, los pájaros, convertidos en jaulas, como dice Pizarnik, pueden llegar a devorar nuestras esperanzas. Las jaulas están por todas partes.
«Hago pájaros de barro y los echo a volar»
La vida es para todos nosotros un cuento, un relato, una narración construida por la memoria. Desde que aprendemos a manejarnos con las primeras palabras, como seres humanos, necesitamos las historias de forma compulsiva. El legado de la buena literatura, el verdadero gozo, no es el mero divertimento, sino el hecho de confrontar al lector con decisiones que le inquietan, con personajes que se interiorizan como modelos humanos, con apreciaciones que cuesta ver de primeras. Por eso el guiño al lector y el humor son tan necesarios y la autora sabe usarlos con gran maestría (“Trabajo de campo”, “Jardinería”)
Una paloma en una caja de zapatos puede representar el anhelo de un niño de salir de una situación insostenible que no sabe cómo expresar y que tiene que ver con las discusiones de sus padres (“Volar”). La infancia, los malos tratos, la difícil gestión de las emociones cuando vemos el mundo de arriba de los adultos desde abajo, se encuentra descrita con gran dulzura no exenta de dolor (“Tie break”) y siempre en relación a trasfondos muy particulares (“Ir solo”). Cómo las relaciones pueden convertirse en jaulas, desde la rutina, el final del amor (“Dónde estás, amor”), el dolor auténticamente físico que llega a producir la infidelidad del otro (“No hay nada”) o la anticipación de cómo va a ser la recuperación emocional del otro visto desde la mirada de nuestra ausencia (“Mensaje en un jersey de rayas”).
El estilo limpio e impecable en el que están escritos los cuentos de este volumen me recuerda a los grandes maestros italianos del cuento del siglo XX como Alberto Moravia e Italo Calvino, por citar los dos primeros que me vienen ahora mismo a la cabeza. Si tuviera que elegir un relato de entre los trece que conforman Mensaje en un jersey de rayas así, a bote pronto, como se dice por estas tierras de Levante, sería algo muy de la terreta: “Mojama”. Lo leí sentada en un banco en un parque infantil donde unos niños jugaban y recuerdo que reí y lloré en la misma medida. Me pareció muy entrañable.
Bego Torregrosa, eres una excepcional contadora de historias. Una súplica: «No dejes de seguir contándonos cuentos porque los necesitamos ahora más que nunca».
Si tuviese que describir los poemas que llegaron a conformar en 2020 La vida inacabada diría que pertenecen a un tipo de poesía exploratoria que se ha denominado “orgánica” (Levertov, 1985): la poesía como forma de llegar a reconocer lo que percibimos, como ejercicio de autopercepción.
Gerard Manley Hopkins acuñó el término “inscape” (paisaje interior) para denotar la forma intrínseca, el diseño de características tanto en objetos singulares como en objetos que se encuentran en relación entre sí, y el término “instress” (énfasis o tensión exterior) para referirse a la experiencia de la percepción del “inscape", su nivel de apreciación.
Estos términos, que G.M. Hopkins utilizó principalmente en poesía en relación a fenómenos sensoriales, incluyen también la experiencia intelectual y emocional.
En la poesía orgánica, el movimiento métrico, la medida o las palabras son expresión directa del movimiento de percepción: no se trata de imitar los sonidos de una experiencia, sino el sentimiento de una experiencia, su tono emocional, su textura. La poesía orgánica se diferencia del verso libre porque no está escrita con el deseo de evitar la forma, sino con la intención de expresar la emoción incipiente tan puramente como sea posible. Los ritmos peculiares de las partes ayudan a describir el ritmo del todo.
Por otra parte, los poemas de La vida inacabada siguen, modestamente y sin haber sido plenamente consciente de ello cuando los escribía, el legado de la poesía confesional norteamericana, la de Anne Sexton, Robert Lowell, Sylvia Plath o John Berryman, sin olvidarme del gran Allen Ginsberg. “La poesía confesional se diferencia de la poesía romántica en la candidez, la microscopia de detalle y la densidad psicoanalítica con la que el poeta se revela, desvelando temas clínicos o privados sobre sí mismo” (Iriarte, 2004) El gran tema de esta poesía está en el yo, la autoexploración, el examen de uno mismo en relación a la propia identidad -en mi caso- esa identidad que te roba el dolor por la muerte violenta e inesperada de alguien cercano, como cuando Anne Sexton dice: “siento el noviembre del cuerpo” (I feel the November of the body). Los confesionales no buscan complacer ni encantar el buen gusto, sino dar rienda suelta a su imaginación y a sus pasiones agitadas buscando su genuina identidad. Hay un rasgo que los caracteriza y que creo que en mi caso está presente que es el hecho de mirar directamente a la muerte como se mira a la luz cegadora del sol, sabiendo que esa mirada puede herirte pero no por ello vas a dejar de hacerlo.
Esta forma de entender la poesía fue también un rasgo de los poetas visionarios del romanticismo como Blake, Byron, Shelley o Keats. Parece ser que William Blake, hijo de un zapatero, cuyos poemas son experiencias divinas y alucinantes donde se incluye textos, grabados e ilustraciones de gran valor, regularmente veía a Dios, a los ángeles y demonios. y hablaba con el espíritu de su fallecido hermano Robert. Su esposa Catherine comentó una vez: “Veo a mi esposo muy poco, siempre está en el paraíso”(Paul Glynn, 2021)
Esta poesía visionaria de sagrado descubrimiento (que difiere en su planteamiento del surrealismo o del recurso de las imágenes oníricas) está detrás de la primera producción poética de Dylan Thomas (ver mi tesis) y al fundirse con la experiencia de la enfermedad y la muerte de su padre, consiguió que sus versos se llenasen de gran fuerza expresiva y plasticidad. Sus poemas se hicieron, literalmente, de carne y hueso.
[Songs of Experience, William Blake]
En los poemas de La vida inacabada (2021) están muy presentes los objetos. Cuando se habla de los objetos en la poesía confesional, la función que tienen es la de revelar un proceso de descubrimiento que se ha denominado la “falacia patética” (pathetic fallacy): las cosas inertes no solamente se vuelven cosas vivientes, sino que además pueden llegar a ser revelaciones, epifanías, relaciones con el sujeto, el yo. Por ejemplo, en el poema XXVIII titulado “El reflejo”, el espejo representa tanto la separación con respecto de los otros como la búsqueda de la identidad desde una percepción de la realidad que lo único que devuelve son imágenes distorsionadas.
Hay una revelación que parece proceder de las palabras que se enmarcan en un discurso que crea las convenciones del propio texto en tanto que poema. Como poeta, te conviertes en analista de tus propias emociones que revives desde la visita al terapeuta (Diana terapéutica), la salida del hospital (el olor de la desinfección en el box/ se cuela en el bolso de mano) o la imagen en blanco y negro de tu propio caminar hacia una tumba con un revólver cargado en el bolsillo como si estuvieras viviendo un western.
Cuando estaba inmersa en el proceso de escritura de La vida inacabada aquel final de 2019 precisamente se publicó el álbum Ghosteen que el cantante Nick Cave había compuesto en memoria de su hijo Arthur de 15 años, que murió víctima de una caída desde los acantilados de Brighton. Entendí que yo estaba llevando a cabo un proceso semejante al suyo. Comencé a indagar sobre el tema de cómo puede la poesía (en su caso las letras de sus canciones junto a la música) ayudar a sanar en un duelo tan cruel. De ahí nació el artículo titulado Poetry imagery of grief and loss after suicide: The process of rebirth in Nick Cave's Ghosteen lyrics. Además de aprender que existe una base neurológica en la que se constata que la metáfora regenera las funciones cerebrales dañadas tras la experiencia de un shock postraumático, entendí que la poesía nos permite también expresar aspectos que pueden ser tabú en nuestra sociedad.
Todos los elementos/imágenes que apelan a los sentidos y el significado que adquieren en una obra poética se denominan “imagery” (conjunto de imágenes) y se basan en términos del lenguaje concreto que se utilizan para hablar de estados de ánimo. La asociación de esas imágenes recrea un estado anímico: (Los aromas estaban/y están, sigues en ellos/ o en la imaginación/de saberte envuelta en ellos).
Si tuviera que hablar de la tipología de imágenes y principales temas que aparecen en el poemario La vida inacabada destacaría:
1- Términos clínicos referidos a enfermedad mental – eutimia, euforia, labilidad emocional, autolisis, el insomnio, la percepción engañosa de la realidad,
2 - Términos sensoriales – vista (otros ojos), oído (Euterpe tocando el arpa), tacto (las manos, el cabello), olfato (aromas de las especias mientras se cocina)
3 - Climatología como expresión de altibajos anímicos -borrasca, tormenta, viento que lo destruye todo a su paso
4 - La arbitrariedad del deporte (como en la vida) donde conviven grandes logros (Armand Duplantis, La maratón de Valencia) y grandes pérdidas (Kobe Bryant, atletas jamaicanas que son descalificadas por su salida en falso)
Los poemas tienen también una importante base de “storytelling”, es decir, poseen en su mayoría un desarrollo narrativo: mencionan lugares concretos (las islas Galápagos, la colonial Olinda, el país africano de Gambia), el mito de Diana y Acteón: (el ciervo amenazado, la gacela herida), la niña-yo de la infancia que siente/presiente cosas que van a suceder o sucedieron.
El paper se presentó por zoom (en pleno confinamiento ya que ninguno de los participantes pudimos viajar a Oxford) el mismo día en que mi padre hubiera cumplido ochenta y dos años. Fue emocionante. En ese encuentro en el que estuvimos enzarzados un fin de semana completo hablando única y exclusivamente de poesía, nos invitaron a declamar poemas y elegí leer tres de La vida inacabada que traduje a propósito al inglés ("Tightrope Walker", "Therapeutic Target" y "601216586"). El texto se ha publicado como capítulo de libro:
Chapter XXVI, en Music, Poetry and Language:Sound, Sight and Speechin Comparative and CreativeConnection Edited by Konrad Gunesch ISBN: 978-1-9196138-0-2 978-1-9196138-1-9 (eBook)
y puede leerse completo en el siguiente enlace
Creo que estas pautas pueden ayudar en la comprensión de este poemario que para mí ha sido, en todos los sentidos, una gran experiencia y un precioso regalo.
El libro está disponible en la página web de la editorial Cuadranta y en librerías.
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