Mi compañera Eleilatina
me regaló un poemario de Ana Merino por mi cumpleaños. Fue en un
momento personal muy difícil hace dos años, que coincidió además
con la pandemia. El poemario se titula Los días gemelos. Lo
leí con mucha ilusión. Me pareció un regalo extraordinario.
Eleilatina me dijo que
había trabajado con Ana en la universidad de Iowa y que es una mujer
arrolladora. Que es muy brillante académicamente, catedrática y
fundadora del MFA de Escritura creativa en español en aquella
universidad donde, al parecer, no la trataron muy allá -me siguió
refiriendo Eleilatina- Al final, ¡ya ves tú lo que son las cosas!
ha salido ganando ¡acabó llevándose el premio Nadal 2020, jajaja!
Gracias a los problemas que tuvo en el entorno universitario, entendí
que a lo que se refería es que Ana había decidido centrarse más en
escribir. Una opción muy inteligente por su parte, desde luego.
Escuché por casualidad a la autora
hablar en una entrevista por la radio. No le había
dado tiempo a presentar, precisamente por el confinamiento, aquella
novela con la que había conseguido el premio Nadal. Poco después,
coincidencias de la vida, me encontré con la novela El mapa de
los afectos, con ese título precioso, en la habitación de mi
hermana pequeña. Allí la devoré con fruición en tres días.
Entendí por qué efectivamente la escritora viene de la poesía,
¡qué delicia de historias y de textos!
Me pregunté alguna que
otra vez qué estaría escribiendo Ana sin saberlo. Hace un par de
semanas me tropecé con su última novela, Amigo, que se
publicó en febrero, en la librería Noviembre de Benicàssim. La
abrí con arrobo y admiración. La portada, de la ilustradora rusa
Marina Nazarova, es muy veraniega, muy sugerente, como los títulos
que elige la escritora para sus obras ¡Qué buen gusto que tiene
esta mujer! La abrí con reverencia, la olí, más bien la husmeé.
Me abalancé sobre ella. La llevé en una bolsa de papel y no pude
esperar. Me senté en un banco frente al mar y respiré hondo. Me
abalancé literalmente sobre aquellas páginas mientras una chica
versionaba con una guitarra acústica que abultaba el doble que ella
y una voz inolvidable el tema Mad World. A veces no me
queda otra que creer en las confabulaciones espontáneas del
universo. Que lo diga la luna llena de aquel atardecer. Fue comenzar
a leer sobre Inés Sánchez Cruz, la investigadora mejicana que
trabaja en la universidad de Milwaukee, y enseguida entendí que esta
novela le ha tenido que servir a Ana para exorcizar sus propios
demonios, esos que la quisieron succionar en el entorno universitario
de un máster de escritura creativa. Así que, titulándose Amigo,
no hay que ser muy espabilada para saber que allí se escondía una
traición.
El Amigo del
título alude a Joaquín Amigo, amigo de Federico García Lorca, que
fue un amigo de los de verdad. La estancia de Inés en la famosa
Residencia madrileña de estudiantes le hace disponer del tiempo y el
momento preciso en el que ir encajando algunas piezas de su historia personal
teniendo como trasfondo el transcurrir del universo de relaciones
personales lorquiano.
La deslealtad te rompe,
es vejatoria. Ni siquiera el extraño uso de la tercera persona para
narrar consigue que haya distanciamiento con todo lo que está
sufriendo Inés. Hay una escena, para mí definitiva, que resume
claramente el desconcertante y ominoso estado en el que queda esa
entregada investigadora que no sabe ni cómo seguir adelante. Sin
embargo, hallará un camino, aunque sea en una explicación tan
inverosímil como encontrarle un doble al amigo desleal para poder
así atribuirle todas las barbaries y no suframos por no entender
semejante forma de proceder. Parece que nuestra heroína se salvará,
aunque le tengamos que perdonar que los nombres que elige para el
original y el doble sean bien grotescos y difíciles de pronunciar
¡no digamos ya en inglés!
Amigo se escribe
con mayúscula, aunque la lealtad es un gran valor que parece
imposible de mantener, pasado de moda.