Boletín nº5 (enero, 2023) "Escuchando a los mayores", revista del Teléfono de la Esperanza de la Comunidad Valenciana.
Boletín nº5 (enero, 2023) "Escuchando a los mayores", revista del Teléfono de la Esperanza de la Comunidad Valenciana.
-- Paul Valéry
Las guerras son siempre crímenes, antesalas del infierno. Nadie en su sano juicio puede desearlas. Lo que deberíamos es aprender a odiarlas profundamente para que no lleguen a suceder.
Cuando tenía quince años supe de la masacre de My Lai en Vietnam cuando un compañero del instituto, Miguel Montero, que se quedó obsesionado con la historia, quiso que yo también la conociera. Me dejó un librito con el título My Lai-4 (se pronuncia “mi lai”). La guerra del Vietnam y la conciencia norteamericana. El libro se publicó con la editorial Grijalbo en 1971. Su autor, Seymour M. Hersh, periodista de investigación y escritor político, ganó un Premio Pulitzer con él. Me impactó la lectura de ese libro. Creo que los jóvenes lo deberían leer en clase de historia.
El 16 de marzo de 1968, una unidad militar del ejército de los Estados Unidos al mando del teniente Calley iniciaron una operación en busca de vietcongs (facción comunista de Vietnam del Sur). A lo largo de cuatro horas se produjo una carnicería que solamente se detuvo cuando, desde helicópteros al mando del oficial Thompson, bombardearon a los propios norteamericanos para que dejaran de asesinar civiles. Aquello fue dantesco. Más de quinientos civiles, en su mayoría mujeres y niños, totalmente indefensos, fueron asesinados brutalmente.
No hubo cobertura de prensa de la masacre hasta que Seymour Hersh emitió la noticia el 13 de noviembre de 1969. Un exfotógrafo del ejército publicó fotos una semana más tarde. Hay un total de 124 fotos a las que podéis tener acceso desde los archivos de Getty Images
La masacre de My Lai no fue la única matanza cometida por las fuerzas estadounidenses, pero fue la que más escándalo provocó en Estados Unidos y el mundo. Thompson declaró contra Calley, que fue juzgado y condenado, aunque solamente permaneció tres años bajo arresto domiciliario y después fue indultado por el presidente Nixon.
El historiador francés Jacques Semelin, en su libro Pensar las masacres (2004), intenta desentrañar un fenómeno tan desconcertante como las masacres, donde hay una asimetría total de fuerzas físicas y una atrocidad injustificable en la forma en la que se han cometido los crímenes. Pero hay una reflexión muy interesante: pueden existirantipatías culturales o étnicas sin conducir jamás a una masacre.
El teniente Calley resultó ser un oficial poco preparado y no apto para el mando. No lograba ascensos ni condecoraciones, y como no supo aguantar los argumentos de sus superiores, decidió cometer una matanza y poner los asesinados como enemigos abatidos. Sin embargo, él solo no cometió aquellas bestialidades.
El sociólogo francés Yvon Le Bot plantea la dimensión patológica de la masacre a partir de un estudio de caso en una aldea de Guatemala. Un superviviente contaba : “los soldados estaban como locos, comen, cantan, ríen, mostrando su insensibilidad. Y llevan a cabo lo que llama rituales extraños con los cadáveres”. Hay un componente de exceso que nos resulta imposible comprender, lo que la investigadora española María Victoria Uribe definió como “La antropología de la inhumanidad”, título de su ensayo interpretativo sobre el terror en Colombia después de haber estudiado más de doscientos casos de masacres.
¿Por qué he elegido hoy este tema? Porque desde el principio de la guerra de Ucrania no me he querido exponer a noticias tristes. Sin embargo, el viernes por la noche me llevé a la cama las imágenes de la matanza de Bucha de la que ahora se cumplirá un año: civiles con las manos atadas a la espalda, asesinatos a quemarropa... y en fin... que la sensación que me quedó es de una terrible impotencia. Ni siquiera me alivia pensar que la vicepresidenta Kamala Harris, que llegó a ilusionarme en las elecciones norteamericanas, me parezca ahora penosa acusando a Rusia de crímenes de guerra y tal y tal...
A Seymour M. Hersh se le considera el último gran periodista americano, el “penúltimo mohicano” lo llaman. Nacido en Chicago en 1931, se sitúa en la vanguardia del periodismo de investigación desde 1970. El fue el primero en informar sobre el espionaje de la CIA contra los activistas que en EEUU se oponían a la guerra de Vietnam, sobre los bombardeos en Camboya, sobre la intervención de la CIA contra Salvador Allende en Chile, sobre las torturas de la cárcel iraquí de Abu Ghraib, sobre la inexistencia de armas de destrucción masiva en irak, sobre la manipulación en el supuesto uso de armas químicas por el gobierno sirio.
Y en el conflicto con Rusia, pues también “está poniendo el dedo en la llaga”, como bien dice el periodista de la publicación digital Rebelión. Roberto Bueno. De nuevo, Seymour Hersh es el que ha denunciado el hecho de cómo se planificó la destrucción de los gasoductos Nord Stream desde diciembre de 2021, meses antes del inicio de la operación militar de Rusia en Ucrania, si queréis podéis continuar leyendo porque no tiene desperdicio.
La comunidad internacional debe exigir a la Casa Blanca una explicación seria y no un simple rechazo a la acusación que la relaciona con este sabotaje. No debemos permanecer ajenos a todo lo que está ocurriendo, aunque sea solamente por defender a todos los inocentes que no han podido alzar la voz.
Aznar fue un ca*** que casi nos metió en la guerra de Irak; bien, pues este killer de Sánchez no nos está salvando de nada, está claro.
Pensar en los retos de la nadadora de ultradistancia Tita Llorens me perturba. El último fue el pasado 7 de febrero. Tardó 12 horas y 24 minutos en cruzar los 42 kms que hay entre Uruguay y Argentina sin traje de neopreno. Salió de Río de la Plata a las cuatro de la mañana y llegó a las cinco de la tarde a Punta Lara, en Argentina. Tita tiene 54 años y cuando la ves es cuando todavía te gusta más. Bajita, risueña, no tiene un físico espectacular. Está especialmente musculada pero ni de lejos tiene los pies de Ian Thorpe, el “chico de los pies de oro”, el nadador australiano que mide 1,95 cm y calza un 52 de pie. No son pies; está claro, lo suyo son aletas.
Tita, @titapeix, parece más joven de su edad, pero tampoco una chica de veinte años. Es que, cuando la ves, todavía te parecen más increíbles las cosas que ha conseguido hacer.
Nadar en aguas abiertas tiene algo de aventura extrema, de tesón máximo, de sobrenatural. A mí me parece un reto tan grande como aventurarte en la espeleología kárstica. No basta con haber nacido en una isla como Menorca para salir indemne de semejantes hazañas.
Fatiga, efectos de la sal en el cuerpo y en tu rostro, cambio en condiciones climáticas, corrientes de viento y oleajes. Por eso una distancia como la de Jávea a Ibiza se convirtió de 90 kms en 101,6 kms. La friolera de 36 horas y media a nado. La hazaña de Tita tuvo un trasfondo motivacional. Era su tercer intento. Nada más llegar a tierra firme, se acordó de Montserrat Tresserras (1), la primera mujer que lo intentó y no pudo conseguirlo, y de todas las mujeres luchadoras que persiguen sus sueños y no se dan por vencidas. 1
Las mujeres nadadoras que conozco que se han atrevido con las aguas abiertas, también en mi familia, saben de la resiliencia, la lucha, del no darse nunca por vencidas. Mis dos únicas aventuras en aguas abiertas han sido en cambio peripatéticas: acabé como un “bonito en salazón” pensando que quizá ese tipo de retos no esté hecho para mí. Eso no quita para quedarme sobrepasada por darme cuenta de la inmensa fortaleza mental que supone nadar en mitad de la noche imaginándome rodeada de medusas.
Y si todo esto te parece increíble, aún hay un detalle que te dejará helada. Seguro. Tita no nada con neopreno, sino con un bañador convencional. Nadar con neopreno te permite flotar, cansarte menos e ir más rápido. Y sobre todo, no coger frío; el frío hace que se agarroten los músculos. Ella elige nadar sin neopreno. Ni siquiera los nadadores más profesionales se atreven a nadar largas distancias sin neopreno.
Hay pocas mujeres en las aguas abiertas, pero las pocas que hay son fuertes y muy buenas. Tita dice que en su entorno han sido los hombres los que le han dado la fuerza para intentar los grandes retos.
Nadar en aguas abiertas es salir de tu zona de confort, enfrentarte a tus miedos más profundos, tan inmensos como el mar lleno de medusas y de animales marinos. Es enfocarse, flotar y dejarse llevar: aprender a dar una brazada y después otra, y otra, y otra. Esfuerzo, tenacidad, entrenamiento. Dicen que las mujeres lideran la ultradistancia y tienen menos ego que los hombres.
Messi es muy grande pero ¡qué grande es Tita, por Dios!
fuente de la imagen: https://www.pasionporelmar.com/es/noticia/tita-llorens-conquista-el-rio-de-la-plata/3967
NOTAS:
(1) Montserrat Tresserras, la “sirena de Olot” fue la primera nadadora española que cruzó el estrecho de Gibraltar en 1957 y la primera mujer del mundo en cruzar el canal de la Mancha en los dos sentidos: de Inglaterra a Francia (1958) y de Francia a Inglaterra (1961)
Escribir es saber entender los registros del alma humana. No es posible detallar cómo se siente un personaje si tú previamente no has pasado en alguna ocasión por una situación cercana.
Por eso, cuando me toca enfrentarme a alguna emoción que me sobrepasa, escucho para saber lo que todavía me queda por aprender. Hay una carta que se repite en mi vida: cada ocasión difícil encierra un regalo para ti. Y digo yo, ¡déjate ya de regalos! Este otoño no he parado de encontrarme regalos en situaciones complicadas y ésto conlleva un importante desgaste emocional.
Decir adiós a lo que ha sido mi vida durante muchos años. De pronto, encontrarme con la incertidumbre de algo que por lo visto envidia todo el mundo. Cobrar sin trabajar, ¡como si fuera tan fácil desprenderte de ese tu otro yo que tiene todo estructurado en torno a la jornada laboral! De acuerdo, es un importante regalo, pero no me envidies antes de tiempo, antes al menos de que yo me haya situado, que me acaba de llegar. Tampoco es algo que haya ocurrido por azar o casualidad. Me ha costado mucho llegar hasta aquí.
Comienzo el año adrede sin ningún balance, sin ningún propósito. El paso del tiempo va a ser mañana el mismo aunque haya menos celebración. El mes de diciembre ha sido muy intenso, no quiero más sobresaltos. Además, el día de Nochevieja, haciendo las últimas compras para los días de fiesta, me dí cuenta de que la chica de la lotería estaba muy triste: “¿Te encuentras bien?”, le pregunté. Y me dijo: “Y ¿cómo quieres que esté? Ay, que no te has enterado aún. Mi marido falleció el 17 de diciembre”. Ya no quise saber más. Le ofrecí mi mano por debajo de la mampara, por donde te da los billetes de la primitiva, y las estrechamos en señal de pésame. Me quedé sin palabras. Un chico joven, no he querido preguntarle nada, ¿qué más da? Estaba hace nada allí, tan agradable, tan joven y tan simpático, deseándome siempre “Suerte”. El libro tibetano de la vida y de la muerte de S. Rimpoché no cesa de recordarme que, o aprendemos a pensar en la propia muerte, o no vamos a ninguna parte. Pensar en la muerte nos da la medida de la vida. Nos pone rápidamente en nuestro sitio. El resto pasa a ser accidental, relativo.
Tenía ilusión por un reencuentro que resultó ser un desastre, no sé si por ser yo quien soy o porque mis interlocutores acudieron a la cita un tanto bebidos. Sea lo que fuera, me sentí momentáneamente hundida hasta que entendí que una no elige sus circunstancias ni cómo se desarrollan las cosas. Aunque vayas con el corazón en la mano, éso no es garantía de nada. Es más, sabiendo desde el principio que aquello no tenía visos de ser una buena idea, seguí insistiendo, pensando en que así podría entender cuál era mi lugar. Y sí, lo entendí, ¡vaya que si lo entendí!, aunque entenderlo me haya hecho llorar por dentro de lo lindo. Cuando se hunde un barco no es por el agua que hay fuera sino por la que dejas llenarse. Sienta bien llorar, es como si achicaras el barco para que no se hunda. Cuesta mucho que nadie entienda que estás más o menos repuesta de unas cuantas muertes, como si a ti te interesara recordarlo a los demás. ¡No precisamente! Es más sencillo que todo eso. Estoy siguiendo el camino que necesito para recorrerlo. Por primera vez me siento conectada conmigo misma, me escucho como nunca antes lo hice, y ahora resulta que no, que eso es estar ahí dando vueltas a lo mismo. Respiro tranquila, creo que estoy haciendo lo que necesito. A no ser que no sea lo que se espera que haga.
No sé en qué momento me equivocaron.
Hoy discutíamos sobre lo bonitas que están este año las ciudades iluminadas durante las fiestas navideñas. Y sí, tengo que decir que me encanta la alegría que desprenden las calles llenas de gente, la música, los belenes gigantes, las arcadas de luces con espectáculo musical, los renos y ángeles colgantes iluminando Oxford Street en el centro de Londres, ¿por qué no? Las luces navideñas son fuente de alegría y esperanza, por eso es importante que existan. Es una magia muy particular que se vive de niña y luego la recuerdas. Yo la reivindico. Me deprimen las compras, las largas colas para pasar por caja, las prisas de última hora... Puedo pasar sin todo ello, pero sin las luces no, quiero que la luz nos alegre, que nos deje pensar en algo mágico.
Como ha coincidido con la final recientemente del mundial de la FIFA, pensaba en las imágenes del lujo de los estadios que parecen recreaciones o maquetas, impresionantes. La pompa de los estadios de Qatar me parecía obscena, además sabiendo que miles de trabajadores han muerto para construirlos, como los esclavos que eran enterrados en las pirámides egipcias después de haberles cortado la lengua: una escena de la película “Sinuhé el egipcio” que ví de pequeña y que todavía recuerdo como algo realmente atroz. Esta vez te veías al emir, que parecía sacado de un cuento de hadas, con las mujeres detrás de él, guapísimas, con unos cutis de porcelana y unas pestañas alargadas de revista, vestidas de azafatas de aerolíneas de lujo portando almohadones de terciopelo con las medallas que rechazaban los jugadores franceses mientras Macron se ponía de puntillas para consolarlos, Messi vistiendo un sayo que parecía de “Star Trek” alzando la copa que besaba en un meme como si fuese un gran falo. ¡Nos ha tocado vivir tantas contradicciones! Y eso que apenas miro salvo lo que me da tiempo después de hacer otras cosas. Ese futbolista iraní tan guapo de 26 años, Amir Nasr-Azadani, condenado a muerte, mientras nos toca ver también imágenes de los hinchas “fake”, que son para echarse a reir por no llorar: los ves disfrazados de brasileños, con caretas argentinas, con la camiseta de la roja, ¡con una cara de árabes que les han dado un bocadillo por salir en las televisiones de todo el mundo disfrazados de seguidores! Sabes que no se han movido del Golfo Pérsico en toda su vida.
Así de contradictorio es el mundo en el que vivimos, totalmente absortos, distraídos, atrapados por las luces como las polillas y sin saber cómo recular de toda esta barbarie que se perpetra en sitios tan lejanos y a la vez tan cercanos. No se me ocurre forma de tranquilizar el espíritu salvo mi férreo activismo y mi sempiterno deseo de que la gente que no ha sido golpeada aún por la vida sobreviva a la desesperanza como sea.

Me cuentan que Manuel Vicent ha publicado una extraordinaria biografía novelada de Concha Piquer: Retrato de una mujer moderna (Alfaguara, 2022). Me comentan que quiere poner de manifiesto que, más allá de cantar coplas a izquierdas y derechas, la cantante fue una persona resiliente, rompedora, “arriscada”, valiente y contestataria. Todo un referente, como a mí me gusta llamarlas.
Concha Piquer comenzó a cantar en los años treinta. Sin embargo, puesto que también cantó durante el franquismo y este tuvo a gala arrebatar banderas, señas e identidades, se hizo con su figura. Se la apropió hasta el punto de que la izquierda, viendo a la Piquer alinearse con lo más folclórico del rancio franquismo, se creía que era "de ellos". Se olvidaron de que ella ya cantaba coplas durante la República y de que los perdedores siguieron adorándola porque, más allá de esas ideas, están las pasiones, y ahí no se puede engañar al corazón.
La memoria colectiva, potencialmente perniciosa, puede llegar a ser devastadora, puede convertir en épica una barbarie, en glorioso lo que fue un auténtico desastre, blanquear -como se dice ahora- un recuerdo, propagar una leyenda urbana de colosal difamación hasta límites delirantes...
Pero entonces viene un vate de ojos verdes como Manuel Vicent, que a sus 86 años lo recuerda todo de pe a pa, y poner las cosas en su sitio, como debe de ser, con su mejor pluma, testimonio y enjundia.
Yo lo miro y lo admiro en una imagen en la que destila más sabiduría que nunca, a sus 86, y me emociona pensar que presentará esa novela y que sigue creyendo en la poderosa fuerza de la palabra, que convence cuando llega certera y consigue desactivar la equívoca memoria colectiva. Esos ojos fieros del león lo entendieron todo perfectamente: se trata de contar lo que pasó de verdad, para que la memoria del pueblo no arramble como agua torrencial que borra el fino surco del arroyo.
La Piquer tuvo los arrestos de decirle a Franco que le tocaba a ella merendar y no tocar para él. Vicent la admira muchísimo por su personalidad arrolladora.
A cada uno hay que ponerlo en su sitio. Rafael de León escribió las letras de las canciones. Era un autor eminentemente lorquiarno, y al final, su recuerdo está oscurecido por la memoria de Lorca. Compuso, entre otros temas inolvidables, el que se titula Tatuaje y comienza así: “él vino en un barco de nombre extranjero...” ¡seguro que te suena!. Pues bien, una canción era como un bálsamo en aquella posguerra negra, famélica y hambrienta para las mujeres cuyos maridos habían sido fusilados o estaban en el exilio. Y eso fue así, y a cada uno lo que le corresponde.
Hace un par de días me hice con la traducción al castellano de los Cuentos completos (Nordica libros, 2022) de mi querido Dylan. Fue ver la edición y agarrarla para no soltarla. De pronto, darme cuenta de que es precisamente Manuel Vicent el que escribe la presentación a esos cuentos que han sido traducidos por Miguel Martínez-Lage. Yo conozco muy bien a ese Dylan, conviví con él mientras preparaba la tesis sobre sus primeros poemas. Vicent, eres mi ídolo, has entendido perfectamente de qué forma el público vio en Dylan Thomas a una estrella de carne y hueso que se ofreció en sacrificio despeñándose desde lo alto de sus versos, sin importarle a nadie la tragedia, simbolizando así la llegada de una nueva era.
Lo colectivo necesita alimentarse de sacrificios, como los sacrificios humanos que los aztecas consagraban a sus dioses, corazón en mano, para que todo se regenerase.
Una rave no es una danza de derviches, pero podría simbolizar toda una mística del descubrimiento espiritual en una película de Oliver La...